¿Cómo piensa mi hijo?

por Jesus Sanchez Cazo
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Como hemos dejado claro en algunos de nuestros artículos anteriores, como por ejemplo en Cómo construimos nuestro “yo”, entre otros, todo niño cuando nace, se encuentra en un mundo desconocido.

Poco a poco, con el paso del tiempo, el desarrollo, su propia formación y sobre todo, la influencia de sus progenitores, genéticamente hablando, asi como sus tutores, en caso de que no coincidan con sus progenitores, sus profesores o cualquier formador de las varias actividades extraescolares de las que terminan formando parte durante el desarrollo cognitivo del niño, mediante la influencia durante el crecimiento, terminarán por construir al adulto que se llegará a convertir con el paso del tiempo y que pasará a formar parte de la sociedad. Todo ello con los inconvenientes y ventajas que hayan construido su personalidad durante ese desarrollo. 

Pues hoy, nos centraremos en dos de esos aspectos que pueden influir en gran medida en el desarrollo de dicha formación. 

En primer lugar, pondremos nuestro punto de mira en un aspecto fisiológico, como es el desarrollo de la masa encefálica y del proceso neuronal durante la infancia y la primera parte de la adolescencia, ya que no es lo mismo el desarrollo que presenta el cerebro de un niño de 3 meses, 5 años o 12 años, si lo comparamos con el que posee una persona adulta con 50 o incluso 30 años. Por ese motivo no podemos perder esa ansiada paciencia que requiere el trato cercano con un niño cuando se le exige que reaccione o se comporte como lo haría un adulto, simplemente porque NO LO ES. 

¿Y a qué se debe esa actitud? 

Imaginemos que tenemos la posibilidad de ampliar de manera muy considerable la masa encefálica de un niño, pongamos de una edad media de 7 años por ejemplo.

Según las leyes que la propia naturaleza establece sin tener en cuenta nuestra opinión, ese menor, se encuentra en un momento de plena vorágine de información, en la que su función principal es la de aprender, aprender y aprender, para en su vida adulta, poder poner en práctica todo lo adquirido, por lo que observaríamos un auténtico torrente de conexiones neuronales con un falso aparente caos, en la que las sinapsis  más utilizadas, gracias a la plasticidad neuronal, serán las que se refuercen, incitando a que se produzcan con mucha más facilidad en situaciones posteriores, y que las menos utilizadas o menos requeridas se atrofien y sea más difícil su futura producción. 

Con el paso del tiempo, y una vez van llegando a la adolescencia, no solo funcionan las neuronas excitatorias, sino que empiezan a aparecer neurotransmisores inhibitorios, que realizan la función de inhibir la reacción de neuronas, centrando la actividad a las verdaderamente necesarias, provocando una especie de acorralamiento de la activación de las necesarias, reflejándose en la conducta, de manera que empiezan a controlar sus acciones y reacciones, para terminar de formar finalmente la parte frontal del encéfalo, que será la zona encargada de regular las relaciones y conductas sociales que poco a poco irán tomando al ser adultos. 

La importancia del rol que se le asigna

En segundo lugar, y no por ello menos importante, es muy significativo el rol que se le asigna a cada niño durante su desarrollo, y que los adultos les conceden sin tener consciencia ni de que se hace, ni de las consecuencias que produce, ya que ese rol, el menor, que recordemos que se encuentra en fase de aprendizaje y asimilación, lo toma y lo hace suyo, hasta el punto de convertirlo en su principal característica, posiblemente influenciado en parte por los genes, pero lo hace tan suyo, que hasta él mismo lo acepta y se lo exige, ya que es lo que esperan de él los adultos.  

Estudios con ratas como los realizados por el equipo del neurólogo Michael Meaney, de la universidad McGill de Montreal, Canadá, demuestran esa influencia, comparando los resultados de la crianza por parte de hembras de ratas que atienden a sus crías y hembras que no atienden a sus crías, en el que incluso en una segunda fase del experimento, cruzan las crías nacidas y son criadas por las madres no genéticas, con resultado muy coincidente en ambas fases, en el que las crías criadas por las ratas atentas, ya sean suyas, como las “adoptadas” en la segunda fase del experimento, presentan una mejor formación cerebral y una mejor respuesta al estrés en su vida adulta, que las crías criadas por ratas despreocupadas. 

A día de hoy, sería imposible moralmente realizar este experimento en seres humanos, pero disponiendo de estos estudios con roedores y teniendo certeza de sus resultados, seria de poco sensato no aprovecharlo para una digna formación de las generaciones futuras. 

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Artículo escrito por D.Jesus Sanchez Cazo ( Universidad de Psicología de Sevilla, UNED )

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